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Chipre, la isla mediterránea de mitos como Afrodita y Cleopatra

Nuestra novela de la colección Narrativa de este mes nos lleva a través de sus páginas hasta Chipre. La tercera isla en tamaño del Mare Nostrum ha visto pasar, desde tiempos ancestrales, a infinidad de conquistadores. Griegos, romanos, otomanos, franceses, británicos… Todos han dejado su impronta en este edén con 300 días de sol al año cargado de historia, leyenda y paisajes únicos.

Chipre, la isla del Mediterráneo.
Fotos: Unsplash

Existe un lugar en el Mediterráneo marcado en rojo por los fans de la mitología clásica, del Imperio Romano, de los pasajes más increíbles de La Biblia y, por supuesto, de la literatura en letras mayúsculas. Hablamos de Chipre, la tercera isla en tamaño del Mare Nostrum: con 9.250 km2 de extensión, sólo está por detrás de Sicilia y de Cerdeña.  También es una de las más bellas, monumentales y sorprendentes del mundo. En ella nació Afrodita, la diosa griega del amor, la belleza, el deseo, la lujuria y demás excesos sexuales. El célebre Marco Antonio se la regaló entera a su amada Cleopatra. Y en ella acabó sus días Lázaro como arzobispo después de que el mismísimo Jesucristo lograra su resurrección. De ahí que la iglesia homónima de Larnaca, una de las principales poblaciones de la isla, sea un lugar de peregrinación clave para los cristianos.

Faltaría hablar de su faceta literaria, claro. Para ahondar en ella necesitaríamos varios meses e infinidad de líneas, así que solo daremos algunas pinceladas para ir abriendo boca. Algunos de sus escritores más destacados han sido nominados al Premio Nobel de Literatura varias veces. William Shakespeare ambientó la mayor parte de su Otelo en este paraíso mediterráneo con más de 300 días de sol al año. Hay más: el autor inglés Lawrence Durrell concibió en él su obra maestra, Cuarteto de Alejandría. Y el poeta francés Rimbaud escribió aquí algunos de sus versos y cartas e incluso supervisó las obras del Palacio de Verano de los gobernadores británicos cuando estos lares eran parte de su dominio, desde 1878 hasta 1960.

Chipre, la isla del Mediterráneo.

OBJETO DE DESEO

Ya decíamos que, históricamente, Chipre no tiene desperdicio. Su localización, a medio camino entre Europa, Asia y África, la ha convertido siempre en un goloso objeto de deseo de todo tipo de conquistadores desde tiempos inmemoriales. Antes que los ingleses, por sus calles, templos, playas y montañas pasaron casi todos: fenicios, asirios, romanos, griegos, egipcios, sarracenos, persas, bizantinos, otomanos, franceses, venecianos…

Los turcos fueron los últimos en llegar en 1974, ocupando el 37% del territorio e instaurando la llamada Línea Verde que parte la isla en dos, con mayoría turco-chipriota en el norte y grego-chipriota en el sur. Aun así, los habitantes de esta última superan con creces a los de influencia turca, alcanzando al 78% de la población. La frontera atraviesa la capital, Nicosia, siendo la única del mundo dividida en la época actual.

En ella arrancamos esta ruta en la que destacan el Museo Arqueológico nacional, con auténticas joyas como objetos de cerámica de la Edad del Bronce, antiguas monedas o sarcófagos. También hay que recorrer sin prisas la peatonal (y siempre bulliciosa) calle de Ledra, perfecta para hacerse una idea de la amalgama de historias que siembran la ciudad, desde su muralla veneciana al palacio presidencial bizantino, las numerosas sinagogas, las mezquitas…

No hay que irse sin sentarse antes en una de sus terrazas a degustar un gigantesco granizado de café, un vino dulce local (Commandaria) o una cerveza Keo. Otra recomendación: subir a la última planta del edificio Shakolas, con vistas panorámicas de Nicosia y de la bandera turca estampada en el lado norte de la montaña que rodea la capital.

Chipre, la isla del Mediterráneo

LA CALA DE AFRODITA

Otros puntos claves de Nicosia que Elif Shafak cita en la novela son el Büyük Han, el caravanserai más destacado de la isla. Los caravanserais eran antiguas posadas para poder hacer un alto en el camino en las ancestrales rutas comerciales que enlazaban los puertos con núcleos urbanos. Entre ellas, destacaba la de la Seda. El Büyük Han ya no tiene la función de antaño, sino que es un interesante centro cultural y de ocio en el que se pueden encontrar preciosas artesanías locales. Otro edificio emblemático del pasado chipriota (y de La isla del árbol perdido) es el Ledra Palace, que fue el hotel de lujo más importante y glamouroso de Chipre hasta la ocupación turca de 1974. Desde entonces, sigue en el abandono.

En la capital (y en el cualquier rincón de la isla) es obligado darse un homenaje gastronómico a golpe de ttavas o souvlaki (ambos platos de carne), louvi (frijoles), riquísimos kebabs o el típico queso halloumi (de oveja y cabra). Eso sí, aquí se come con sandía. Para finalizar, un chupito de ouzo, un aguardiente con mucho peligro.

La ruta sigue al lado del mar, ya que el país también puede presumir de playas de arena blanca y aguas turquesas como la de Agia Napa, considerada la Ibiza de Chipre por su ambiente festivo o Pafos, al sudoeste. En una de sus calas nació Afrodita, como decíamos al inicio. También aquí se encuentra Petra tou Romiou, la roca que se formó con los genitales de Urano, el dios del cielo, al ser arrojados al mar. Tal cual. Así lo cuenta la mitología. De la propia piedra emergió la voluptuosa deidad. También hay que visitar los Baños de Afrodita, un manantial donde tenían lugar los encuentros amorosos con Apolo.

Chipre, la isla del Mediterráneo.

Toca descubrir la segunda ciudad del país, Limassol, urbe portuaria y con un precioso casco medieval. Perderse entre sus calles es volver al pasado. Su castillo y su mercado completan esta impresión.

De ahí ponemos rumbo a las montañas de Troodos, cuyas iglesias bizantinas con pinturas al fresco forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. En uno de sus pueblos, Omodos, dicen además que se encuentra un pedazo de la soga utilizada para atar a la cruz a Jesucristo. ¿Un mito más?

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