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Agatha Christie y su amor por un joven arqueólogo

La gran dama del crimen fue conocida por su prolífica obra: 66 novelas policiacas, más de 150 relatos, piezas y adaptaciones teatrales… Pero Agatha Christie también fue una mujer aventurera que dio la vuelta al mundo y que se marcó un Demi Moore en toda regla: se casó en segundas nupcias y a los seis meses de haberse conocido con Max Mallowan, un arqueólogo 14 años más joven que ella.

Agatha Christie y su marido, el arqueólogo Max Mallowan.
Agatha Christie y Max Mallowan.

Visualizad, por un lado, a una inglesa de mediana edad, collar de perlas en el cuello, traje de chaqueta, pelo ondulado fijado con laca, mirada y gesto sereno, rodeada de cientos de libros y sentada ante una máquina de escribir. Imaginad ahora a una mujer apasionada del surf, enfundada en un bañador de seda, en busca de las mejores olas del mundo, de Hawaii a Canarias; a esa misma mujer cruzando medio planeta en tren, conduciendo un camión en Mosul o adentrándose en yacimientos mesopotámicos a lo Lara Croft. La mujer inglesa algo tímida a la que nos referíamos es Agatha Christie. La apasionada y aventurera, también.

La autora más vendida de todos los tiempos (solo por detrás de la Biblia y de su compatriota Shakespeare) es conocida –y reconocida- por su prolífica obra policiaca. Y sin embargo ella misma protagonizó una vida de novela, llena de tantas satisfacciones como contratiempos a los que siempre hizo frente con serenidad y (buen) humor inglés. Desde las dos Guerras Mundiales hasta sus dos matrimonios y sus innumerables viajes (“lo que ha permanecido con más nitidez en mi mente son los lugares”, afirmaba).  

No se arredraba ante la adversidad, ni en lo personal ni en lo profesional, y disfrutó de la vida con intensidad: Agatha Christie fue una de las primeras mujeres en atreverse a volar en aeroplano (allá por 1911) aunque era fan confesa de los viajes en tren; mostró sus dotes de enfermera durante la I Guerra Mundial y fue precisamente en un dispensario -rodeada de medicamentos que inoculados en dosis inadecuadas podían ser letales- donde comenzó a urdir la trama de su primera novela (El misterioso caso de Styles); dio la vuelta al mundo, aunque su destino predilecto era Oriente Medio -llegó a vivir largas temporadas en Siria e Irak- ; y, aunque se consideraba una mujer de conocimientos limitados, fue una de las mayores expertas de su tiempo en cerámica mesopotámica gracias a las expediciones en las que acompañaba a su segundo marido, el arqueólogo Max Mallowan.

Agatha Christie de joven y con su primer marido Archibald Christie.
Agatha Christie de joven y con su primer marido, el coronel Christie.

A LO DEMI MOORE

Antes de consagrarse como Agatha Christie, escritora, fue Agatha Miller, una niña con una infancia dichosa pese a la prematura muerte de su padre cuando ella apenas contaba 11 años. Al llegar a la adolescencia, “lo único que anhelaba era un matrimonio feliz”. Lo intentó con su primer marido, el coronel Archibald Christie, del que tomó el apellido que llevaría a las portadas de todos sus libros. Y lo consiguió con el segundo, el arqueólogo Max Mallowan. Una relación atípica para la época con la que batieron récords sociales: él era catorce años más joven que ella (¡escándalo!) y se casaron en apenas seis meses (¡más escandaloso aún!).

Se conocieron en Ur (Irak), cuando Agatha estaba visitando a sus amigos ingleses Leonard y Kathleen Woolley. Max era el ayudante de Leonard y le hizo de guía por los yacimientos más interesantes del país además de acompañarla hasta Siria y Grecia. “Tenía un porte muy serio que me ponía un poco nerviosa”, confesaría la escritora en su Autobiografía, en la que también define a Max como “un hombre joven, delgado, moreno, muy callado, que raramente hablaba, aunque estaba muy atento a todo lo que se le pedía”.

En ese primer viaje no les faltó, por supuesto, una buena dosis de aventura: pasaron una noche en comisaría; se bañaron solos (“yo con una camiseta de seda rosa y dos pares de bragas”) en un lago y cuando volvieron al coche éste se había quedado atrapado en la arena del desierto; tuvieron que compartir habitación (¡más escándalo!) en una posada llena de goteras de la que casi tuvieron que salir a nado; y cuando en Grecia Agatha recibió un telegrama anunciándoles que su hija Rosalind estaba muy grave con neumonía (por entonces no había antibióticos), Max la acompañó de vuelta a Inglaterra sin dudar. “Es muy callado y parco en palabras de conmiseración, pero hace las cosas (…) que uno querría, las que más consuelan”.

Agatha Christie (primera por la izq.) y Max Mallowan (centro).
Agatha Christie (primera por la izq.) y Max Mallowan (centro) en Ur.

VALE LA PENA ARRIESGAR

Cuenta la propia Agatha que en su condición de divorciada recibió una gran cantidad de proposiciones amorosas: “En conjunto me agradaban; nunca se es demasiado viejo para que estas cosas te ofendan”. Pero cuando el joven Max le propuso, muy serio, matrimonio apenas unas semanas después de conocerse, la escritora le rechazó utilizando como argumento la diferencia de edad.  

Tardaron tres meses en darse el “Sí, quiero”. Agatha reconoció que estaba enamorada de Max pero, salvo su hija Rosalind, todo el entorno familiar (futura suegra incluida) se mostraba en contra de la unión. Finalmente le pudo su carácter curioso y, a la postre, indómito: “Es un riesgo, pero vale la pena arriesgarse a encontrar una persona con la que ser feliz”.

Se casaron en Escocia, en una capilla de la iglesia de Santa Columba, en el más absoluto de los secretos, puesto que ella era ya una autora consagrada y en el punto de mira de la prensa. Su luna de miel por Italia, Croacia y Grecia comenzó en Venecia: para llegar tuvieron que viajar en el Orient Express, uno de los trenes más románticos del mundo… pero lleno de chinches en aquel trayecto.

Agatha Christie y Max en una de las pocas imágenes que se conservan de su luna de miel.
Agatha Christie y Max Mallowan en su luna de miel.

Tras la luna de miel volvieron a separarse durante unos meses, pues Max debía volver a la excavación de Ur. Durante estos periodos él le escribía largas cartas y Agatha aprovechaba la menor oportunidad para reunirse con él y viajar por Oriente Medio. Aunque ella contaba con varias casas en Londres, fijaron su residencia en Wallingford, cerca de Oxford: una casa estilo reina Ana junto al río con una biblioteca que tuvo que ser ampliada al doble de su tamaño (“si nos descuidamos llega hasta el río”, bromeaba Agatha).

El estallido de la Segunda Guerra Mundial les volvió a separar, pues Max entró en las fuerzas aéreas y fue destinado primero a Egipto y después a Trípoli y al desierto de Fezzan, en Libia.

ESCRIBIR, UNA AFICIÓN

Agatha Christie, que era una autora de lo más prolífica, apenas dio importancia a su actividad literaria. Debía padecer el síndrome de la impostora porque para ella, la creadora nada menos que de Hercules Poirot y Miss Marple, escribir era algo «secundario» y lo hacía para entretenerse. Ni siquiera tenía un espacio para trabajar, le bastaba cualquier rincón con una mesa y una máquina de escribir. 

Su propia suegra llegó a decirle que con su talento “debería escribir algo bueno, algo más serio”. Y Max, que se enfrentaba sin miedo a los tomos enciclopédicos sobre arqueología y temas clásicos, reconoció tras su boda que nunca había leído una novela. Claro que por amor asumió la tarea de leer los diez libros que hasta entonces había publicado Agatha: “Era divertido ver lo difícil que le parecía algo ligero de pura ficción”.

Agatha Christie y Max en Inglaterra en 1950.
Agatha Christie y Max en 1950.

Ella se consideraba poco instruida, apenas una aficionada en contraposición a Max. Algo con lo que él no estaba de acuerdo: “¿No te das cuenta de que en este momento eres una de las mujeres de Inglaterra que más sabe de cerámica prehistórica?”, le replicaba.

 Efectivamente, cuando en la década de los 50 se pusieron de moda las campañas arqueológicas en Oriente Medio, Agatha Christie llevaba años acompañando (y ayudando) a Max en los yacimientos. Tenía sus propios utensilios y trucos para limpiar las piezas que iban recuperando y fue testigo directo de grandes descubrimientos. No era una excavadora científica pero sí meticulosa y una admiradora ferviente de los objetos que se extraían de la tierra.

La pasión por Oriente Medio siempre estuvo presente en la vida de Agatha y Max. “¡Cuánto he amado esta parte del mundo! La amo y nunca dejaré de amarla”, afirmaba. Tuvieron una residencia en Bagdad, en la orilla oeste del Tigris, rodeada de palmeras. Y en Nimrud construyeron una pequeña casa de adobe como soporte para las excavaciones. Se llamaba Beit Agatha, la Casa  de Agatha. Fue aquí donde la escritora decidió escribir sus memorias.

Agatha Christie falleció en 1976, a la edad de 85 años, rodeada de su marido, su hija Rosalind y su nieto Mathew Pritchard. Entre su extenso legado dejaba 66 títulos detectivescos, 14 libros de relatos, varias obras de teatro, seis novelas románticas (bajo el pseudónimo de Mary Westmaccot) y unas memorias tan indiscretas como generosas en recuerdos.

Max  se casaría al año siguiente con la también arqueóloga Barbara Hastings Parker (pero esa ya es otra historia) y moriría en 1978, apenas dos años después que Agatha. Fue enterrado junto a su Missus (como llamaba a Agatha su círculo íntimo) en el cementerio de Cholsey.

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